taller literario

Guiones

POR GUILLERMO BARRANTES

Cocinar.

Algunos, cuando lo hacen, se identifican con músicos, músicos componiendo una partitura memorable. Otros creen transformarse en pintores renacentistas, como si la espumadera fuera un pincel, y el plato el lienzo donde quedará plasmado el fresco.

Ramón, cuando cocina, se siente un Dios.

Es por eso que ahora, en el colectivo, a punto de llegar a su casa, una mezcla de ansiedad y pasión provocan un cambio en su interior, como si se “elevara”, como si se hiciera más poderoso, y, al mismo tiempo, más etéreo, como si pudiera dejar aquel vehículo y flotar hasta su hogar.

Para la mayoría consistirá en algo mundano, en una estupidez y hasta en un suplicio; pero para Ramón, prepararse la cena es un bálsamo, es su limbo particular.

Lo habían tratado de homosexual, le habían dicho que la importancia que le daba a la gastronomía demostraba su mediocridad, su fracaso en el amor, y hasta su aversión a los perros.

Pavada tras pavada.

Esas opiniones sólo reflejaban la diferencia entre los que, como él, aman cocinar, y los que no.

Ramón entra en su casa y por un momento la vivienda posee un solo ambiente: la cocina. No tiene conciencia de las demás habitaciones. Su hogar parece existir para contener la cocina. Para eso y nada más.

La salsa, comenzará por la salsa, será ella el éter que ligará todos los elementos de su cena, su Universo, su Creación.

Tiene que elegir una sartén, piensa en la de teflón, siempre piensa primero en la de teflón, porque es práctica, porque no se le pega nada… pero casi nunca la escoge, se inclina por la sartén clásica, las cosas no salen con el mismo gusto en la de teflón, al menos para él es así.

Sartén clásica, entonces. Y aceite de oliva. Es caro. Es fifí. Pero el aceite de oliva es el aceite de oliva. Para Ramón no tiene punto de comparación con los otros.

Mientras el aceite se calienta, Ramón corta ajo, el primer ingrediente sólido de su salsa primordial.

El aceite comienza a hervir.

Las últimas teorías científicas parecen aliarse con la fantasía de Ramón. Hace poco leyó, en una revista de astronomía, que en el inicio de los tiempos el Universo era simplemente… nada. Pero no una Nada inmutable, sino una Nada burbujeante; y que de una de esas burbujas habría nacido toda la materia. No había entendido, luego, cómo era posible que una Nada pudiera burbujear; era algo relacionado con la física cuántica, muy complejo. Pero no importaba, lo interesante era aquel estado primitivo del Cosmos.

¿No se trataba aquel aceite hirviendo en su sartén de una Nada burbujeante? ¿Alguien podía atreverse a decir que él, Ramón, no había puesto en marcha ya un nuevo Universo en su cocina, sobre su hornalla?

¿Fantasía? Aquella palabra no le gustaba para definir su limbo. Luego de cada nueva comida, de cada nueva cena preparada, Ramón veía con una renovada seriedad su paralelismo con el Creador. Cada día que pasaba se convencía más de su carácter divino a la hora de cocinar.

Hágase la luz… y Ramón echó el ajo en el aceite hirviendo. Al fin había algo en la Nada.

¿Existiría olor más maravilloso que aquel que ahora comenzaba a llenar la cocina?

Si el Génesis olía a algo, era a eso: a ajo asándose.

Y envuelto en ese primer aroma, Ramón picó cebolla y ají y tomate, y lo agregó a la sartén, y también puso unas hojas de albaca, y revolvió todo con una cuchara de madera.

Ramón agregó sal y pimienta a su embrión de salsa, y una pizca de azúcar también, para eliminar cualquier vestigio de acidez que corrompiera aquella perfección, así como el Mal había sido separado por su Señor de la concepción del Mundo.

Y como si aquellos polvos hubieran obrado de alguna manera, Ramón observó los primeros vestigios de organización en su obra. No sabía bien la razón, pero generalmente era eso lo que sucedía con sus salsas: luego de incluir la sal, la pimienta y el azúcar, los trozos a los que había reducido a cada uno de los ingredientes parecían ordenarse en cúmulos más o menos definidos, como lo habían hecho las primeras estrellas para formar las primeras galaxias.

Definitivamente, la ciencia del Cosmos primitivo estaba de su lado.

La atmósfera que dominaba ahora la cocina era un perfume de perfumes. Al olor del ajo asado se sumaban los olores de las otras verduras cocinándose en oliva. Era una mezcla única, adictiva. Ramón hasta adivinaba en el aire el aroma a cada una de las especias incorporadas.

Pero había algo más.

Su nariz entrenada separaba los olores de aquella danza y, estaba seguro, había uno que no podía identificar con nada que contuviera su sartén.

Pensó en algún invasor, algún olor que viniera de más allá de la cocina.

Lo veía poco probable. Al irse a la mañana había cerrado todas las ventanas, y al llegar no había abierto ninguna. Aquel olor no venía de afuera. Y tampoco de alguna de las otras habitaciones, no; Ramón confiaba en su nariz más que en su madre y su nariz le decía que el misterioso aroma, a pesar de no relacionarlo con ningún ingrediente, no sólo tenía su fuente en la cocina, sino que manaba de su propia sartén, de su salsa divina.

Supo que no era la primera vez que lo olía. Ya lo había detectado antes, en otras preparaciones. Pero era tan sutil, estaba tan camuflado que nunca había sido plenamente consciente de su existencia. Lo había dejado pasar, siempre, como el estornudo de una mosca en medio de un huracán.

Pero sucedía que aquella noche se sentía más receptivo que nunca. Y más curioso.

Cerró los ojos para buscar concentración, para que el sentido de la vista no interfiriera con el olfato. Por un instante Ramón fue su nariz. Cuando abrió los ojos sabía que aquello era más complejo de lo que había imaginado. Su olfato había rastreado el extraño aroma, lo había aislado, lo había analizado como nunca antes.

No era un olor. Eran muchos. Y venían de la sartén.

Aquel aroma inexplicable era, en realidad, un conjunto de aromas inexplicables, muy débiles, que se entrelazaban para aparentar una sola fragancia. Una multitud de aromas desconocidos dentro de una multitud de aromas conocidos. Interesante. Pero aún no resolvía el acertijo, aún no hallaba el origen de aquella nueva aunque débil diversidad.

Volvió a tomar la cuchara de madera, volvió a revolver los ingredientes en la sartén, no sólo para asegurar una cocción pareja, sino también con la intención de descubrir algo que no debería estar allí. Tal vez, con la albaca, se habían mezclado otros tipos de hojas. Laurel, quizás, y menta; y él, sin advertirlo, las había echado a la sartén.

Cabía la posibilidad de que el laurel, la menta y algún otro intruso arrojaran, al freírse, ciertos vapores, generando aquel olor…

Nada. Sus ojos también estaban entrenados. La cuchara de madera iba y venía, y las únicas hojas que se manifestaban, saturadas de aceite, eran hojas de albaca.

Con su búsqueda, Ramón había alterado el “orden” en la salsa; pero los trozos de cada uno de sus ingredientes se movieron una vez más, derivaron en el aceite, como llevados por la ardiente marea, y retornaron en breves instantes al orden interrumpido.

Lo que a aquellos trozos les tomaba breves instantes, a las estrellas del Universo primitivo les había tomado una eternidad. ¿Pasaría todo así de rápido en su universo-salsa? ¿O su categoría de Dios le concedía a Ramón esa facultad, la facultad de contemplar el transcurrir de siglos enteros dentro de su Obra como si fueran segundos?

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Ilustración: Tut
Olores extraños, ideas extrañas.

La mente de Ramón siguió vagando sola por aquella línea de razonamiento, como si allí se escondiera la solución al acertijo del aroma imposible.

Los quince minutos, más o menos, que llevaba cocinando, ¿a cuánto corresponderían según el tiempo dentro de la sartén? ¿A mil años? ¿A un millón de años? ¿A mil millones?

Quizá no sólo los ingredientes se habían agrupado en galaxias regulares, sino que también cabía la posibilidad de que dentro de ellas ya se hubieran formado lo que equivaldrían a los primeros sistemas solares, sistemas formados por partículas tan pequeñas que escaparían a los entrenados ojos de Ramón.

¿Y si dentro de su salsa había pasado más tiempo aún, tiempo suficiente para que en algún planeta de alguno de esos sistemas solares se hubiera comenzado a desarrollar alguna forma de vida? Así como Dios había creado a los humanos, él, Ramón, habría creado a estas criaturas, minúsculas partículas, invisibles a su visión divina, pero vivas, ¡vivas!

Y Ramón cayó en la cuenta que mientras él seguía pensando, el tiempo seguía transcurriendo, tanto en su Universo como en el de su sartén. Tal vez aquellas toscas criaturas habían evolucionado ya, y tendrían sus ciudades, con sus edificios, con sus departamentos, con sus cocinas, con sus amantes de la gastronomía…

¡Esa era la resolución del enigma!

Era verdad. Aquel olor extraño, aquel olor que eran muchos olores, provenía de su sartén, del vertiginoso Cosmos que Ramón había creado: era el olor de millones de ingredientes cocinándose en millones de sartenes, en mundos diferentes de galaxias diferentes. Y todo sobre su hornalla. Y si bien civilizaciones enteras nacían y morían en un parpadear de los entrenados ojos de Ramón, en un suspiro de su entrenada nariz los exóticos olores de las comidas de todas las Eras de aquellas poblaciones manaban de su sartén y se expandían por su celestial cocina.

El misterio estaba resuelto.

Ramón tomó la cuchara para remover la preparación una última vez, pero detuvo su mano, el utensilio de madera a milímetros de la salsa. Le daba pena destruir aquel orden nuevamente, por más rápido que a sus ojos se reintegrase. Con sólo sumergir la cuchara, quién sabe cuántas nacientes culturas aplastaría, cuántas magníficas cenas postergaría.

Su mente siguió y siguió pensando en todo aquello. No podía detenerse.

Si era fiel a su idea, no podía escapar a la consecuencia que su lógica encerraba: así como él había creado un Cosmos en su sartén, los cocineros habitantes de su Obra también concebirían Universos en sus respectivas sartenes, ollas, hornos o lo que fuera que tuvieran para cocinar. Y ellos también podrían percibir un olor extraño que no guardaría correspondencia con ningún ingrediente utilizado, y, tarde o temprano, deducirían que aquel aroma provenía de su preparación, generado por formas de vida fugaces e invisibles a sus ojos, criaturas que habitaban aquel Cosmos que había creado, criaturas que cocinaban…

Y así, en una cadena descendente de Universos, de cocinas, de sartenes, de hornallas, de ojos entrenados, de narices entrenadas, sin fin.

Ramón, cuando cocina, se siente un Dios. Pero la conclusión a la que su mente había llegado perturbó aquel sentimiento.

Era esa la conclusión final. Definitiva. Una conclusión que le arrancó la divinidad y lo hizo sólo uno más.

Al fin Ramón se acercó a una de las ventanas y miró hacia afuera, hacia la noche, hacia el cielo estrellado.

Y ya no vio a las estrellas como estrellas. Las vio como trozos de ajo. Como trozos de ajo asándose.

POR GUILLERMO BARRANTES

Lo habían molido a palos.

 

Con sus últimas fuerzas trató de levantarse del barro. Y entonces fue consciente de cada una de sus heridas, las sintió como bocas que se abren y se cierran, desesperadas por respirar.

Sin embargo consiguió ponerse de pie. Chorreando sangre, se apoyó en la puerta del auto. Las piernas le temblaban, en cualquier momento volvería a caer.

Aún tenía uno de los cuchillos clavado en el brazo.

Su último movimiento voluntario consistió en levantar la cabeza para encontrarse con su propia imagen, reflejada en la ventanilla del auto. Un arma invadió ese reflejo. Un arma que avanzaba hacia su cabeza, que apoyaba el caño en su sien.

Y entonces le llegaron los últimos sonidos: risas, una detonación y el crujido de su propio cráneo.

Ilustración: Tut

La bala atravesaba el cerebro. Había perforado el hueso, y ahora avanzaba deshaciendo la masa encefálica como una cuchara que se hunde en gelatina, como el filo que hiende la carne.

Y Hugo lo sabía.

Lo sufría.

Pero Hugo ya no pertenecía a nuestro tiempo. Había sido arrojado al lento tiempo que precede a la muerte, donde su bala (porque era más suya que de nadie) se arrastraba dentro de su cabeza, morosa como un caracol de plomo, un caracol asesino. Y en aquel limbo final, la memoria herida, desesperada, manoteaba el aire: los recuerdos se le presentaban a Hugo antes de perderse para siempre, antes de ser profanados, destruidos. Se le presentaban en orden, a medida que el proyectil los atravesaba. Se le presentaban más reales que nunca. Los vivía por última vez.

El día en que se cayó por la escalera con el triciclo.

Casi se mata. Tuvo suerte de rebotar primero contra la pared. De lo contrario, se hubiera dado la cabeza contra el filo del escalón… y adiós Hugo, bajo tierra a los cuatro años.

Y aquel recuerdo estaba condenado a desaparecer, la bala destrozaba el sector del cerebro al que había sido confinado. Y el proyectil no sólo penetraba la carne del cerebro. De alguna manera se fundía con el recuerdo moribundo, con el pasado de Hugo. Modificaba su memoria, la corrompía para arrojarla a la nada. Y fue así que a Hugo, con sus cuatro años cumplidos dos días atrás, le sucedió algo que en realidad nunca le sucedió. En esta nueva versión del recuerdo, su cabeza estalló en esquirlas de hueso y encéfalo: una bala salida de ninguna parte le perforaba los sesos y se incrustaba en la pared, mientras que la rueda del triciclo aún giraba en el aire.

Siguen los recuerdos. Ahora Hugo está con su padre, o con lo que el cáncer ha dejado de él. El viejo yace en aquel hospital mugroso, envuelto en sábanas con bordados de sangre y pus seca, rodeado de camas con muertos-vivos que tosen flema. Y su padre lo mira con aquellos coágulos de sangre que le quedan por ojos. El viejo se iba a morir, al fin. Pero antes quería decirle algo a él, a su único hijo. Y cuando abrió la boca no salió palabra alguna, sino una bala que agujereó de lado a lado el cerebro de Hugo. Atravesó el cielo raso de la habitación y siguió camino hacia su próximo recuerdo.

Y luego al próximo, y al próximo. Mutándolos, matándolos. Perforando cada una de las cabezas de Hugo que encontraba en su camino, como si las usara para enhebrar sus vivencias. Como si quisiera destruirlas todas juntas, una tras otra.

Y fueron cayendo como fichas de dominó. Y la bala fue ganando experiencia, acumulando estilo con cada momento destruido. Como guiada por la mano de La Muerte. Y todo para enfrentarse al recuerdo que más se resistiría a la hora de desaparecer, la vivencia atesorada más profundamente por su dueño.

El casamiento.

Él y Cecilia frente al altar. El Ave María los llenaba de emoción. Absurdamente intentó hablarle al proyectil: No, este recuerdo no. El sacerdote formulaba la pregunta. Hugo miraba a Cristo crucificado. No destruyas esta memoria. Yo soy este recuerdo. «Sí, quiero», contestaba Hugo. Y el sacerdote preguntaba nuevamente.

Silencio.

Cecilia no respondía.

Algo andaba mal: ella no había tardado tanto en dar la respuesta que los uniría para siempre. Hugo observó a la mujer que sería su esposa, y supo que Cecilia ya no estaba allí. Bajo el ruedo del vestido asomaban unas patas de chivo, y entonces el mismo vestido ardió en llamas y reveló al ser que lo habitaba. Mitad animal, mitad demonio, en sus ojos bullía el infierno.

—Sí, quiero —gruñó la Bestia—. Quiero que esté conmigo eternamente.

—Ya pueden besarse —dijo el cura, complacido. Y el demonio comenzó a caminar hacia Hugo, se acercaba con una erección bífida y las fauces chorreando mierda.

—¡Nunca!

El demonio se detuvo. Hugo, por un momento, pensó que era el sacerdote quien había gritado. Pero no, el grito provenía de más allá.

La figura de Cristo había cobrado vida y se debatía en el madero.

—¡Nunca! —volvió a gritar Jesús a la vez que se desprendía, que dejaba colgajos de carne alrededor de los clavos. Y así, chorreando sangre, el Redentor enfrentó al Demonio.

—Lucifer —le dijo— el pobre hombre aún no ha muerto. ¿Qué intentas hacer?

—Ya casi es la hora —dijo Satanás, retrocediendo. Ahora su cara era la de un perro deforme—. Ya casi está muerto. Después del casamiento al proyectil sólo le queda un último recuerdo por destruir. Además… mira, mira lo que ha hecho su gente contigo —eldemonio señalaba con una garra de buitre las heridas de Cristo—.Te estoy vengando, amigo mío.

—Vuelve al Infierno —ordenó Jesús—. No tienes nada que hacer aquí. Ni siquiera tú sabes todos los finales.

Ya nada le quedaba a Hugo: ni sacerdote, ni Ave María, ni iglesia. Ni Cecilia. Sólo Cristo y Satanás, enfrentados.

Y entonces todo tembló. Las últimas palabras de Cristo volvieron a escucharse:

—¡Ni siquiera tú sabes todos los finales!

Y Jesús giró sobre sus pies destrozados. En la sangre de su mano había un arma. La levantó y apuntó a Hugo. El «pobre hombre», como Él lo había llamado, escuchó el disparo y vio salir la bala. La vio venir hacia él. La sintió incrustarse en su cabeza, justo en medio de sus ojos.

Ya nada quedaba de Cecilia, de su mejor recuerdo. Nada absolutamente.

Pero como bien había dicho el Demonio, aquel no era el fin de Hugo. Aún tenía el recuerdo final, lo último que sus ojos habían visto.

Estaba malherido, y sin embargo se levantó del barro y quedó agarrado a la puerta del auto. De frente al vidrio de la ventanilla, temblando, desangrándose.

Y levantó la cabeza y se vio reflejado en el vidrio.

Es el último. Todo lo que queda de mí está aquí. Soy sólo una imagen en un vidrio mugriento.

Y apareció la imagen del arma en el vidrio. Y se la apoyaron en la cabeza.

Risas.

La detonación.

La bala atravesaba el cerebro. Había perforado el hueso, y ahora avanzaba deshaciendo la masa encefálica como una cuchara que se hunde en gelatina, como el filo que hiende la carne.